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El arte de tener razón. Expuesto en 38 estratagemas - Arthur Schopenhauer

El arte de tener razón. Expuesto en 38 estratagemas - Arthur Schopenhauer

Seamos honestos y reconozcamos que todos queremos tener razón. Sin embargo, puede ocurrir que, teniéndola, no nos la concedan porque la parte contraria sea más hábil y logre desmontar (aunque sea sólo en apariencia, ante el auditorio en que nos encontremos), tergiversar, reducir al absurdo o desviarse completamente de la cuestión inicial. En otras ocasiones, es posible que nos obcequemos tanto en mantener una determinada posición -que en nuestro fuero interno pronto reputamos como errónea- que usemos todos los ardides posibles para salir vencedores.

Nos encontremos en uno u otro caso, la mala fe siempre acaba haciendo su aparición en una discusión. Por ello, hay que estar prevenidos contra todas las artimañas que se puedan emplear, a fin de poder neutralizarlas o darle al tramposo una buena dosis de su propia medicina. Con esta intención redacta Arthur Schopenhauer, hacia 1830, un pequeño opúsculo, que ni siquiera lleva título y no verá la luz más que como obra póstuma, que recopila diferentes posibilidades y recibirá el título inicial de Erística, que define como "el arte de discutir, y de discutir de tal modo que uno siempre lleve razón, es decir, per fas et nefas (justa o injustamente)", más conocido hoy día como El arte de tener razón. Expuesto en 38 estratagemas.

Izquierda: Arthur Schopenhauer  por Ludwig Sigismund Ruhl. Derecha: portada libro Alianza

De modo muy esquemático, distingue al principio del libro dos modos, ad rem (ir contra la cosa en si, buscando la verdad objetiva) y ad hominem (ir más bien contra las afirmaciones del adversario y lograr una verdad subjetiva relativa), y dos vías, refutación directa (contra los principios, ya sea negándolos directamente o sus consecuencias) e indirecta (contra las consecuencias, reduciendo al absurdo las conclusiones del contrario o mostrando algún caso derivado que no se ajuste a su afirmación, dando la impresión que toda ella es falsa).

No pretendo contarles el libro entero, creo que su brevedad, concisión y utilidad lo hacen ideal para formar parte de su biblioteca personal. Conseguirlo en castellano no es difícil. La edición que yo tengo es de Alianza Editorial.(Por si alguno lo piensa, aunque me gustaría, no me llevo comisión alguna por decirlo), pero hay más. En todo caso, vo a detenerme un poco más en algunas de mis estratagemas favoritas.

Imaginemos que nos encontramos ante un auditorio poco cultivado, en el que las dos únicas personas que verdaderamente controlan la materia sobre la que se discute son los dos adversarios. Lo mejor es recurrir a un argumento ad auditores, es decir, una objeción que es inválida a los ojos de cualquiera con un mínimo conocimiento del tema, pero que hace que la afirmación del adversario resulte hasta cierto punto ridícula. "La gente es muy pronta a la risa, y uno tiene de su parte a los que ríen". Lamentablemente, aunque tengamos razón deberíamos remontarnos mucho y hacer una larga explicación para lograr desacreditar el argumento del contrario; y pocos están dispuestos a quedarse tanto tiempo escuchando.

El recurso al argumento de autoridad (estratagema 30) es quizás uno de los más socorridos. Aunque la mayoría siente un respeto que raya casi en lo reverencial hacia los expertos, no es necesario recurrir a una autoridad académica o científica para defender una afirmación. Schopenhauer incluye el uso de prejuicios generales, los famosos lugares comunes o verdades comunmente aceptadas, y continúa "no hay una sola opinión, por absurda que sea, que los hombres no hagan suya con facilidad tan pronto como se ha conseguido persuadirles de que es generalmente aceptada". En esta estratagema hace una interesante reflexión sobre lo que se llama "opinión universal", que no es más que la opinión de dos o tres personas, a las que se atribuyó una cierta capacidad de juicio (sin comprobar si verdaderamente tenían razón o no) que acabó siendo adoptada por mucha más gente sin ganas de pensar, hasta que la bola se hizo tan grande, que los pocos que pensaban lo contrario se ven obligados a callar para no pasar por rebeldes. Para ilustrarlo, usa una cita de la Ética a Nicómaco de Aristóteles "decimos que es justo lo que a muchos les parece justo". Esta crítica se sigue repitiendo a lo largo de la historia. Alexis de tocqueville advertía sobre la tiranía de la mayoría y, en el siglo XX, la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann describía con gran detalle el proceso que ocultar la verdadera opinión, auqnue sea correcta, por miedo a quedar aislados en su libro  La espiral del silencio.

Mi estratagema preferida, la 36, es la que aboga por el uso de palabrería sin sentido. No sirve para todos los oyentes, sólo para aquellos en que la vanidad propia impide reconocer que uno no se está enterando de nada, pero hace como si entendiera, entonces "uno puede apabullarle diciendo con gesto grave un disparate que suene erudito o profundo y con el que pierda oido, vista y pensamiento, y hacer pasar esto por la prueba más irrefutable de la propia tesis". Piensen que es la misma técnica que usan los vendedores de remedios pseudocientíficos, para dar una apariencia de infalibilidad y eficacia demostrada a productos que, en el mejor de los casos, serán meros placebos, pero vaciarán sus bolsillos. Schopenhauer pone como ejemplo práctico el capítulo VII de El vicario de Wakefield, de Oliver Goldsmith, novela plagada de sentimentalismo en mi opinión, pero con diálogos brillantes como el que paso a reproducir:

"Si usted quiere argumentar fríamente sobre este tema, acepto el desafío. En primer lugar, ¿cómo discutiremos, analógica o dialógicamente?

-Me basta con discutir racionalmente -respondió Moses, muy contento de que se le aceptara la discusión.

-Conformes, caballero -repitió el squire-; empecemos pues, pues, por el principio. Supongo que no me negará que todo lo que existe, es. Si no me lo concede usted, no puedo proseguir.

-¿Por qué no? -contestó Moses-. Creo que puedo hacerle esa concesión.

-Asimismo espero -continuó el squire- que también me concederá usted que la parte es menor que el todo.

-Condedido -dijo Moses-, porque es justo y razonable.

-Tampoco me negará usted -insistió el otro- que los tres ángulos de un triángulo valen dos rectos.

-Nada hay que oponer a eso -replicó el muchacho, mirando al auditorio con su habitual importancia.

-Muy bien -exclamó mister Thornhill, hablando muy deprisa-; sentadas las premisas, paso a notar que la concatenación de existencias propias, procediendo por la razón duplicada de la recíproca, produce, naturalmente, un dialogismo problemático, que en cierto modo demuestra que la esencia de la espiritualidad puede ser referida al segundo predicado.

-Poco a poco -interrumpió Moses-. Lo niego. ¿Cree usted que voy a someterme humildemente a tan heterodoxas doctrinas?

-¿Qué es eso de someterse? -interrogó el squire con disimulado enfado-. conteste usted simplemente a esta pregunta: ¿piensa que Aristóteles tenía razón cuando dijo que los relativos están relacionados?

-Indudablemente -afirmó el muchacho.

-Si es así -prosiguió el otro-, contésteme directamente a lo que propongo: Si usted considera la investigación analítica de la primera parte de mi entimema deficiente secundum quoad o quoad minus, y deme sus razones, pero razones directas.

-Protesto -exclamó Moses-, no comprendo rectamente la fuerza de su razonamiento; pero si se reduce a una simple proposición, creo que podré encontrarle respuesta.

-¡Oh, caballero! -repuso el squire-, soy su más humilde servidor; veo que quiere que yo mismo le suministre argumentos e inteligencia. No, señor, sus pretensiones son demasiado duras para mi.

Una risa general estalló contra el pobre muchacho"

En último término, siempre nos quedará la opción de dar la vuelta al argumento, cambiar de tema, suscitar la cólera del adversario o, directamente, proceder a la ofensa personal. Todas ellas estratagemas también contempladas en este librito.

"Has ganado la discusión: gritas más que yo." La Codorniz, num. 465, 8 de octubre 1950.

He rehuido en esta breve reseña, en la medida de lo posible, el uso de términos latinos, que Schopenhauer utiliza de modo constante. Pero si quieren quedar como verdaderos dioses del saber y la intelectualidad (o como unos pedantes y arrogantes, según su auditorio), les sugiero retengan los más importantes. No son tantos y les pueden sacar de más de un apuro. Para los que se atrevan con el inglés, les recomiendo esta página, que de modo gráfico y muy entretenido muestra cada estratagema.

Advertencia: los consejos antes mencionados no sirven con madres, novias y esposas. El intento de aplicarlas con estas últimas se saldará inevitablemente con dos semanas en el sofá TUSABRÄS, hasta que se pida perdón por algo que supuestamente se ha hecho mal, pero no se sabe ni se sabrá qué es. No intenten estas técnicas sin la supervisión de un profesional. 

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